lunes, 2 de mayo de 2016

POR UNA VIVIENDA DIGNA

Año 1996. Nuestra casita no media más de 80 metros cuadrados. Era una casa de segunda mano, en un tercer piso que hacía un tres y medio,  sin ascensor.
La reformamos a nuestro gusto,  de arriba abajo: ventanas, azulejo de la cocina, azulejo en el baño, suelos, pintura y todo lo que pudimos... lo hicimos ahorrando costes y poniendo nuestra propia mano de obra, en ciertas ocasiones.
Fuimos jóvenes al meternos en un piso,  los primeros de ambas cuadrillas.
En el 2001 llego Unai, los primeros meses los paso en una cunita de nogal, que fue mía en tiempos de bebé. Su padre la había restaurado, tiene bastante maña, es un buen manitas, para las cosas del hogar. Según fue creciendo, le pusimos el dormitorio pensando; en dejarle siempre el mayor espacio posible en la habitación, para jugar.
El resto de la casa ya estaba vestida,  menos una habitación, la más pequeña que sería para el segundo hijo.
2005, Lorena vendría y en aquella habitación le esperaría la cunita de nogal, un escritorio pequeñito para apoyar las cosas y un pequeño muebles que nos habían dejado los antiguos propietarios. Aunque era un armario destinado a poner el equipo de música, lo habíamos convertido en una cómoda para la ropita del bebé.
Esa casita, tenía las puertas de 65 centímetros, la de la entrada no más de 80 centímetros, el cuarto de baño estrechito y con una bañera al fondo pequeñita; entre la que se posicionaba lo que es el váter, en sí. Allí no podría entrar nunca una silla de ruedas.
Con la llegada de Lorena en el 2005,  antes de que acabara el año, ya eramos conscientes de que nuestra casita; esa en la que habíamos invertido tanta ilusión y tanto esfuerzo, no era la adecuada para tener una persona en silla de ruedas. Intentamos convencer a los vecinos para poner el ascensor en el portal y así tener tiempo de pensar las alternativas que podían estar a nuestro alcance, pero la decisión de los vecinos fue; que no, que no era momento de poner un ascensor.
Nos podríamos haber puesto cazurros y haber llevado el caso al Gobierno Vasco; para poner un ascensor, que era más que necesario, en contra de la voluntad de los vecinos. Eramos los que veíamos la problemática y la convivencia con 11 vecinos a los que les impones algo, no creo que fuera la solución.
De ahí, que empezáramos a mirar otras vías. Nos fuimos a hablar con la asistenta del pueblo, sabíamos que había dos viviendas adaptadas de protección oficial y que quizás podríamos optar a una de ellas. La asistenta que había en aquel momento, sustituta de la actual y que si mal no recuerdo venía de Ormaiztegi, convocó una reunión con el alcalde, la concejala de Urbanismo y otro miembro de la corporación de la Alcaldía. A dicha reunión,  asistiríamos mi marido y yo, junto con la asistenta y 2 cartas: una del neurólogo pediátrico, Ramon Gaztañaga, del hospital Donostia y otra, del médico de Aspace Guipuzcoa, el rehabilitador, David Alonso.
En las cartas se explicaba; el grado de discapacidad de mi hija, la dependencia que tendría y la situación de parálisis cerebral que no iba a cambiar en el tiempo. Dos cartas que, sin embargo, no se abrieron en la reunión, para nada. Ni las miraron.
Escucharon nuestro caso y lejos de ver que éramos padres; que sí veían el futuro, cómo se está dando en la realidad. Ellos decidieron: la señora de Urbanismo, nos dijo; que no nos preocupáramos, que seguramente los chinos inventarían con el tiempo un chip, (ya ven qué sabiduría), y según, el alcalde,  que vendiéramos nuestras propiedades y nos buscáramos la vida.
Les propusimos un cambio de vivienda; darle la nuestra, por la de protección oficial, incluso si teníamos que poner algo de dinero, estábamos de acuerdo. 
La respuesta fue la misma; un No.
A día de hoy, lo seguimos sin entender. Llamamos a Etxebide, desesperados, contándoles  el caso y nos dijeron que ellos no podían hacer nada; porque en nuestro consistorio, habían quedado que el ayuntamiento, se quedaba con la decisión y determinación de evaluar los propietarios de las mismas. Etxebide había perdido la jurisdicción, nos daban la alternativa; de irnos a San Sebastián, a 80 km de nuestros puestos de trabajo y sino la de esperar unos años a qué dos pueblos al lado se construyeran la siguiente fase de protección oficial. Nuestra decisión fue buscar una casa en el mismo pueblo, que nos permitiera seguir con nuestros puestos de trabajo, y la rutina que nuestro hijo pequeño ya llevaba en su colegio.
Encontramos una casa de 100 metros cuadrados. Carlos ya había estado pintando el edificio donde vivimos e incluso nos la habría ofrecido la promotora años antes de tener a Lorena,
a un coste más bajo, pero nuestra decisión; era ser una familia humilde con la casita de segunda mano.
Como es el destino!! se burla de ti,  una y otra vez. El caso es que, nos quedamos con la vivienda en la que hoy vivimos. Tiene ascensor de doble entrada, tiene la puerta de entrada con 95 cm, las de la casa miden 85 centímetros, el pasillo más ancho, tiene dos pequeños cuartos de baño y aunque uno no está preparado para Lorena, el día de mañana se hará la reforma para ponerle una ducha al ras del suelo, qué es lo que necesita.
Hoy por hoy, estamos contentos con nuestra casa. Da el sol todo el día y nos permite tener la luz necesaria para avanzar en el día a día.
En todo lo que hicimos, lo único que tienen que aprender las familias que vienen detrás, es que el haber invertido en una nueva vivienda supuso; no sólo vender nuestras propiedades, sino el volver a tener una hipoteca encima, de más de 10 millones. Como verán,  se irán sumando a más gastos con el tiempo.
No fuimos apoyados por nuestro ayuntamiento, no fuimos apoyados por la asociación en la que estamos, (una vez que supieron que no se nos dio la vivienda), y nuestro mayor error, fue no denunciarlo al Defensor del Pueblo, el Ararteko, el señor Lamarca, que en aquel tiempo estaba.
Si los errores valen, que sean para ayudar a otras familias que vienen detrás. Una vivienda digna es lo que necesita todo tipo de familias, pero cuándo llegas en una situación; con una persona con una gran dependencia y una gran discapacidad, el tener una vivienda digna y adaptada debe de estar totalmente protegida.
Para que así sea y las familias no se metan en demasiados gastos, por la desesperación. Gastos que se pueden designar a solventar otra clase de problemáticas.
No estoy arrepentida de la inversión en mi casa, estoy arrepentida de creer en el ser humano, que estando en puestos para ayudar a las personas, simplemente defienden siglas políticas.
Marisol Andrade.
      

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